domingo, julio 22, 1990

Maupas (3.109 m.) - Arista Este


Esta altiva cumbre fronteriza se alcanza, en su vertiente española, por el valle de Remuñe.

Lo normal en las crestas fronterizas del Pirineo es que las grandes paredes, que permiten espectaculares escaladas, se hallen en la cara norte, caras más castigadas por el duro clima existente en la vertiente francesa.

El Maupas es una excepción a esta regla y en su cara sur se han abierto estupendas vías de escalada, muy exigentes algunas de ellas.

Tradicionalmente, en la época pionera de los Pirineos, el Maupas, dadas las dificultades que muestra por su cara sur, era una cumbre accedida únicamente por franceses de la región de Luchón, de ahí su nombre francés, que en traducción literal significaría “mal paso”, indicando así que no era una cumbre fácilmente accesible, aunque hoy en día es una cima que por su vía normal no presenta grandes problemas.

Si la cara sur es exigente, hay dos formas más de llegar a la cumbre desde Remuñe. Una sería su arista oeste, la que enlaza con el Crabioules y otra la que proviene de la cumbre del Boum, otra cima con una bella y corta ascensión.

La cresta oeste que proviene del Crabioules no presenta grandes dificultades, pero la roca no es nada del otro mundo. Sin embargo la arista este, que proviene del collado del Boum-Maupas, es de un granito que raya la excelencia. No he visto nada igual en el Pirineo. Realmente soberbio y seguro.

Para escalar esta arista nos fuimos a hacer noche a la pleta de Remuñe, que cuenta incluso con una cabaña-roca de lo más especial, que permite dormir sin llevar tienda. Nosotros preferimos cargar peso y trasladar nuestra propia casita. La pleta es un lugar idílico para acampar y cuenta con agua abundante e incluso con lago cercano. Lástima que la masificación haya creado una ruta muy concurrida por los franceses: Luchon-Ref. Espingo-Ref.Portillón-Remuñe-Hospital de Benasque-Puerto de Benasque-Luchón. Por lo tanto, gente cruzando la pleta no falta nunca.

Nada mejor que ir acompañado de una persona conocedora muy a fondo de la zona (ha abierto innumerables vías en las Fitas de Remuñe). Muchas horas las gastadas por Gustavo Mañez por aquí. Las primeras fitas colocadas en esta cara sur de Remuñe se las debemos a él.

Se accede a la cresta E. mediante ascensión al collado del Boum (camino muy pendiente pero no largo), que no tiene un fácil acceso, ya que requiere hacer un largo de II+ para acceder a él. Si estamos a principio de temporada y ha sido un año de nieves, puede encontrarse nieve e incluso una mini-rimaya que dificulta un poco iniciar el ascenso hacia el collado, en el cual hay un anclaje que nos permitirá asegurar y rapelar al regresar.

De hecho, alcanzado este collado, podríamos atravesar en flanqueo el nevero de la cara norte (ya no le llamo glaciar, porque seguro que a final de temporada ya ha desaparecido) e ir a buscar la cresta que proviene del norte y que es la vía normal. Este es el camino que utilizamos para regresar y que si es principio de temporada y el nevero está helado, puede requerir crampones y piolo. Nosotros no lo llevabámos y no dejé de sufrir en bastantes partes del trayecto. En las condiciones actuales puede ser totalmente necesario llevarlos en algunos momentos.

La arista es aérea y de disfrute inmenso. La dificultad no pasa de IV+ y no llegaremos escalando hasta la cumbre ya que el último tramo se efectúa andando. Basta ver las fotos para adivinar de qué va este recorrido, recomendable a todos los que escalan en el Pirineo. Hasta sabe a poco. Se vuelve a casa uno muy contento.

Ascensión efectuada por Gustavo Mañez-Mariano-Joaquín Ricarte el 22-jul-1990.

Fotos (Click en ellas para verlas a mayor tamaño).
Arriba: En la cumbre del Maupas. Había en esos momentos en la cumbre un misterioso, extraño y grandioso trípode.
Abajo:
1) En la pleta de Remuñe.
2) Llegando a los pies del collado del Boum. A la izquierda la cara sur, con sus fantásticas vías.
3-5) Escalando en la maravillosa cresta granítica.
6-7) En la cumbre con Gustavo y en la otra Gustavo con Mariano. Se ve muy bien entre las dos personas la cresta. Contrasta el granito, con la roca que hay más allá del collado del Boum, que es de otro tipo y más oscura.
8) Amplia vista de la cresta hacia el este. La piramidal cresta final es el Mall Pintrat. A la derecha La Maladeta.
9) La misma vista, pero más amplia.
10) La cresta oeste, hacia el Crabioules. A la izquierda el Perdiguero.
11) Zoom al Crabioules. Una cumbre con espectaculares vacíos tanto al norte como al sur.
12) Gustavo y Mariano bajo el trípode misterioso.
13) La estación francesa de Super Bagneres de Luchon queda enfrente.
14) El valle de Batisielles y Pérramo, con las Tucas de Ixea a la Izquierda y el Escorvets a la derecha.
15) En la cumbre, con el valle de Remuñe, visible a la derecha. Joven y majico estaba yo por aquellos tiempos.



jueves, agosto 07, 1986

Aiguille du Chardonnet (3.824 m.) - Cara Norte - Espolón Migot


Como en 1985 regresamos a casa contentos, en el 86 repetimos visita a Chamonix. Y como los colegas iban con ganas, nos metimos en una Norte, en este caso, la Norte de la Chardonnet, en la vía conocida como espolón norte o espolón Migot, nombre de su primer ascensionista que la hizo acompañado del famoso Devouassoux, en el año 1929.

La única reseña que tenía era la que aparecía en el libro de “Las 100 Mejores ascensiones en el macizo del Mont Blanc”, escrito por Rébuffat. Era exactamente la número 43 y como van ordenadas por dificultad, el hecho de aparecer en el centro del libro ya indicaba que fácil no iba a ser. A mí lo que me tenía mosca era que la ascensión a la Verte por el corredor Whymper era la número 41, por lo tanto la escalada era muy equivalente en dificultad a esta otra que había considerado siempre como una ascensión con un cierto grado de compromiso. Además las fotos del libro mostraban unos seracs colgando sobre la vía que daban auténtico yu-yu, aunque el texto afirmaba que la ruta era segura.

Con previsión de tiempo excelente, todo lo contrario al año anterior, nos fuimos para el refugio Albert I. Coche hasta Le Tour, al final del valle de Chamonix, y allí nos subimos a un telesilla que nos llevó hasta los 2.200 m. Un placentero camino lleva a partir de ahí hasta este antiguo refugio (2.702 m.), que se halla justo encima del Glaciar de Tour y que en su aproximación se bordea.

La aproximación ya permitía ver, a la derecha del glaciar, la Aiguille du Chardonnet, con su impresionante cara norte, casi toda en hielo y nieve, con una sola excepción: el espolón Migot, que combina tramos de roca, pero principalmente es una ascensión en hielo y nieve. Y al fondo la Aiguille du Tour a la izquierda y la Gran Fourche a la derecha, frontera ya con Suiza. Bonito escenario.

Sentados en las proximidades del refugio tuvimos toda una soleada tarde para examinar lo que al día siguiente iba a ser nuestro reto. Asustaba un poco.

Un buen madrugón (creo recordar que a la 1.30 h.) y a las tres habíamos cruzado el glaciar de Tour, con grietas en la otra orilla, situándonos ya en el contrafuerte O., bajo el espolón, con las frontales mirando por donde iba el tema. Éramos seis y montamos dos cordadas de tres. En la mía, que fue por delante en el recorrido, iba Santi de primero y tras él íbamos Antonio y yo. En la otra iba Xavi Díez de primero con Joan Gasull y una tercera persona que no recuerdo su nombre.

Ya el primer tramo, el acceso al espolón, justo cuando amanecía, nos mostraba que la montaña no estaba como esperábamos. Es decir, el año había sido muy escaso en nieves y el primer tramo hasta un collado nevado, donde se entra propiamente en el espolón, carecía en su totalidad del blanco elemento. Penosa ascensión con varios largos y por terreno descompuesto. No estaba mal para abrir boca. Veo ahora fotos actuales y este tramo en verano ya no tiene nunca nieve. ¿Consecuencias ya del cambio climático?

También cuando amanecía vimos que la fuerte pendiente final toda en hielo, de unos doscientos metros, estaba toda ella tallada con escalones. Nos sorprendió mucho el tema ya que los crampones llevaban desde hacía años puntas delanteras y en una pendiente de 55 grados no hacía falta utilizar el sistema anticuado (y demoledor) de ir tallando escalones en el hielo. Pero ahí no acabaron las sorpresas. Poco después el helicóptero de salvamento sacaba a dos personas de la misma cumbre, algo rarísimo.

Al llegar a la arista nevada pudimos deleitarnos con el serac que colgaba aparentemente sobre nuestras cabezas (de hecho, cuando se derrumba, lo hace hacia el lado izquierdo y no sobre el espolón). Por si acaso, salimos como cohetes por la arista, dándole a las dos herramientas. La arista se transforma más tarde en fuerte pendiente hasta alcanzar unas rocas, fuera ya de la vertical de los hielos flotantes, donde hicimos un pica-pica.

Y aquí empezó el baile de los malditos. Había que sortear un tramo intermedio de rocas con goulottes (canalillos) de hielo, que permiten ascender con dos piolets y crampones (ver vídeos adjuntos) la maraña que forman las rocas y el hielo. Si bien en las primeras canales lo pudimos hacer, luego empezó a aparecer la roca pura y dura. Nada de hielo. Y con los crampones puestos hasta nos salió un tramo que le dimos V. En uno de ellos me saltó un crampón para acabar de hacerlo difícil.

Lento y demoledor, pulverizando el horario. Esto no era lo previsto y la dificultad salía muy superior. En uno de los tramos, como Xavi, cuya cordada venía detrás, iba corto de material, pidió que le dejásemos los seguros puestos… y luego no tomó la misma canal. Apuros al no poder asegurar y un pastón en material que se quedó en la vía para regalo de las siguientes cordadas. Cosas que pasan.

Dudamos por un momento si no era mejor salirse de ese infierno e ir a buscar una clara, aunque empinada, rampa de nieve a la derecha (muy visible de lejos). Me estaba pidiendo la opción de ir a la pala de nieve, cuando un alud, pequeño pero suficiente para barrernos, recorrió toda la pala. ¡Uf! Menos mal que los colegas tomaron la decisión correcta.

Por lo tanto seguimos por las goulottes hasta salir a la pendiente final a la que le dimos en su tramo superior 55 grados. Un gran ambiente. Al final de estos doscientos metros no se alcanza aún la cumbre y hay que hacer unos largos por la cresta hacia la derecha.
Hielo muy duro que requirió un enorme trabajo.

Llegamos a la cima deshechos. Yo ya no podía más. ¡Eran casi las seis de la tarde! Y ahora venía un descenso por una ruta normal que de normal no tenía nada y que ninguno de nosotros conocía. No disfruté de la cumbre y únicamente me obsesionaba el bajar. Me veía venir un vivac a pelo.

Desgrimpa que te desgrimparás fuimos bajando la arista que lleva al collado Adams Reilly, desde donde debíamos alcanzar el glaciar y, ya caminando por él, volver al refugio.

Lo cansado que iba (y sin agua, totalmente deshidratado) no me permitía disfrutar mucho del espectáculo que se abría hacia mi izquierda, hacia el glaciar de Argentiere, con un vacío impresionante y con las Courtes, les Droites y la Verte enfrente. Y muy cerquita la Aiguille d’Argentiere.

Y el sol que se iba despidiendo y nosotros aún bien arriba. Yo bajaba detrás de Santi, que abría expedición. Oí que alguien gritaba y pronto el gritón, que bajaba muy rápido, llegó a mi altura. Me pedía el transmisor FM que había comprado recientemente (esta era su primera salida), y que a falta en aquellos tiempos de móvil, esperaba que nos sacase de un apuro si llegaba la ocasión. Y la ocasión se presentaba. Joan Gasull, al desgrimpar un gran bloque, se le había movido y le había caído sobre el pie, triturándoselo. Imposible andar.

Poco a poco nos reagrupamos todos y empezó el proceso de encontrar al otro lado del éter a algún radioaficionado. Hubo suerte. Apareció un canadiense-francés de vacaciones en Chamonix, que se quedó alucinado cuando le explicamos la película y la necesidad de que llamase a la Gendarmerie para que sacasen a Joan con helicóptero antes de que se hiciese de noche. No había forma de convencerle de que no era ninguna broma, hasta que se me ocurrió darle la matrícula de radioaficionado, pero no la mía, que no tenía, sino la de mi amigo Antonio Lafont, guarda de la Renclusa, que siempre que iba por Maladeta me dejaba un aparato y así hablábamos mientras yo me pulía todos los tres miles. Cuando dije Eco-Bravo-Lima-Fox y el número correspondiente, el canadiense, con esa identificación y como buen radioaficionado que era, no dudó ya ni un segundo en que íbamos en serio y llamó enseguida a los gendarmes. Tuvimos suerte.

Nos bajamos todos a una zona de la arista más ancha, para facilitar las cosas al helicóptero, mientras Xavi y Santi aseguraban desde una zona superior (el lío de cuerdas que se montó fue supremo), y poco después se oyó al pajarraco que venía subiendo barriendo toda la arista, hasta que llegó hasta nuestra altura, justito cuando el sol daba sus últimos coletazos. Nos había ido de un pelo.

Impresionante tener un bicho de estos, en una arista, a tan solo unos metros encima de tu cabeza. Primero dejaron a un gendarme en el suelo, quien preparó a Joan para un vuelo de infarto. Cuando Juanito estuvo listo se aproximó de nuevo y con el torno se lo llevó separándolo de la roca y subiéndolo después hasta la cabina. Luego repitieron con el gendarme… y au revoir que ahí os quedáis.

El panorama era de lo más negro. Muy cansados, sin agua y a oscuras. Encendimos las frontales y ahí apareció el tio Santi quien fue bajando delante tratando de adivinar el recorrido… hasta que llegamos a una zona de hielo que no había más remedio que rapelar… y el fondo ni se veía, ya que las frontales no alcanzaban la distancia de 45 metros de la cuerdas.

¡La realidad es que no había fondo! El rápel se iba al vacío. Rapeló Santi y al ver que no llegaba a ningún lado percibió que pendulando a su izquierda alcanzaba una plataforma. Salvados. Baje yo después y al final, tirándome Santi de las cuerdas, me arrastró el rápel hasta la plataforma. Todo esto a oscuras, hechos polvo, con un frío que iba en aumento, con la incógnita de no saber si nos estábamos embarcando en una de bien gorda y obviamente con la posibilidad de pasar una noche a pelo a más de tres mil metros.

Detrás de mí bajó Antonio. Santi y yo mirábamos su descenso expectantes. Apareció su frontal reflejándose en la pared de hielo y de repente ¡se cayó! En su caída uno de los crampones chocó contra una pequeña roca que sobresalía del hielo y no se cómo, pero el crampón salió volando hacia el vacío. Fueron unas décimas de segundo de espanto. Antonio se había hecho con un cordino un lazo en el arnés, que como el mío, era entonces completo, con cuatro anillas. En vez de pasar el mosquetón para rapelar por las anillas del arnés, lo pasó por el lazo adicional que se había hecho. Una auténtica tontería ya que añades un punto más de riesgo sin obtener nada a cambio.

La cuestión es que mientras rapelaba se rompió el cordino, pero Antonio tuvo la fortaleza y la dureza de aguantar con sus manos la cuerda, no soltarla y llegar descolgándose hasta el final del rápel. Salvó su vida de milagro. Las manos quemadas y sangrantes mostraban lo que había supuesto salvarse.

En estos rápeles también dejamos abandonados tornillos de hielo y flautas, única forma de rapelar en el hielo. A las doce de la noche llegamos a unas rocas. Se adivinaba que salir de allí suponía nuevos rápeles, pues no se veía, una vez más, el fondo. Como ya teníamos bastante ración y en aquellas rocas nos podíamos sentar/estirar un poco todos, decidimos esperar en ese punto a que amaneciera. Mi mochila, grande, me hizo de saco de dormir al menos para las piernas y como el tiempo se mantuvo excelente, el frío que pasamos no fue excesivo, dentro de todo. El drama fue la falta de agua. Un auténtico suplicio ya que se oía un chorrito de agua cantar alegremente unos cuantos metros más abajo por la pared que pretendíamos rapelar. Hasta las dos de la mañana, cuando se heló el agua, su sonido fue una auténtica tortura.

Antonio, con sus manos heridas, no se quejó en toda la noche. Admirable, el chico. Al amanecer yo tenía ya alucinaciones. Pensaba que dos piedras en el glaciar eran personas que nos traían agua y los muy condenados avanzaban muy despacio. La necesitaba urgentemente. Me pasé la noche soñando que descendían unos guardas de un refugio que había en la cumbre para traernos líquido. No se que hora sería, pero un ruido infernal procedente de una avalancha en el couloir Couturier de la Verte, allí delante mismo, nos despertó. ¡Cómo estaba la montaña! Teniendo en cuenta la hora en que se inicia su ascensión pensamos que podría haber pillado a alguien. Evidentemente era un año muy malo para las ascensiones en hielo.

Al amanecer Xavi se despertó hecho unos zorros y por un momento pensamos que teníamos otro problema a la vista, pero se recupero rápido. Vimos, (¡siempre pasan estas cosas!), ahora ya con luz, que solo nos quedaba un rápel hasta el glaciar, así que en pocos minutos estuvimos caminando sobre él y poco después llegábamos al Refu, donde además de hidratarnos, nos pegamos un señor almuerzo.

Nos explicaron los guardas del Albert I que los de salvamento les habían llamado para verificar que unos españoles estaban escalando la Chardonnet y no habían vuelto. ¿Y el helicóptero sacando a dos de la cumbre de buena mañana?, preguntamos. Eran dos polacos que no llevaban crampones con puntas y se dedicaron a tallar cientos de escalones y llegaron a la cumbre agotados. No podían más.

Y cuando nos reunimos de nuevo con Joan, mientras nos mostraba su pie vendadito, nos explicó su llegada al camping a la hora de cenar, en un taxi procedente del hospital. “Buenas”, le dijo a su señora, “que me he bajado en helicóptero… y los he dejado allí pringaditos”.

¡Que aventura! No estuvo mal empezar las vacaciones así. Luego vendría lo de la cafetera. Pero no lo explico porque Santi y Xavi aún se ríen. Y después habría más. En las Cósmicas tendríamos otra de cuidado. ¡Qué verano!

Ascensión efectuada el 6/7-Agosto-1986

Fotos (click en la foto para verla a mayor tamaño).
Arriba: La mejor foto. La que sale en todos los libros. Santi ascendiendo bajo el serac. Espectacular.
Abajo:
Para empezar dos panoramas. El primero es desde la cima de la Chardonnet hacia el sur. Vemos la cresta Courtes-Droites-Verte y detrás (lejos) la arista del Goûter en el Mont Blanc. También se ven a la derecha, más bajitos, los Drus. Puede verse el estado del hielo en esta cara norte, correspondiente a Argentiere.
El otro panorama lo hice al llegar a la cresta, al salir del marrón. Se trata de la parte superior del glaciar de Tour. En el centro l'Aiguille du Tour.

1) Telesilla a cota 2.200.
2) El final del galciar de Tour. Se ve la altura perdida en la regresión de los últimos cien años. Una constante para todos los glaciares alpinos. Estaban practicando con parapentes (algo muy novedoso entonces) por los prados.
3) Camino del telesilla al refugio.
4) El camino siempre por encima del glaciar. Al fondo aparece ya la Chardonnet.
5) Se ve tambien la Verte.
6-8) En el refugio. Una tarde espléndida para contemplar nuestro objetivo.
9) Llegando a la arista después de superar el contrafuerte O. En la foto la siguiente cordada, con Xavi al frente.
10) Un descansito después de pasar bajo el serac.
11-12) Vista hacia nuestra izquierda. Se observa la maravillosa arista Forbes, otra de las rutas por esta cara norte, aunque de dificultad inferior (AD).
13-15) Supendo las fuertes pendientes finales.
16) La cercana Aiguille d'Argentiere desde la cumbre.
17-18) En la cumbre. El cansancio era tan enorme que no había ni fuerzas para fotos. Una muestra del agotamiento es que la crema que me puse por la cara ni me la repartí.
19) Bajando y agrupándonos en un lugar amplio para que el helicóptero sacase a Joan. Colocamos una chaqueta roja en la nieve, para que nos vieran bien. Santi y Xavi no se ven porque están más arriba en un sitio donde hay sombra. Si se amplia la foto, se adivina un casco rojo.
20-25) Las fases del au revoir de Joan. La última la hizo Xavi desde su posición más alta.
26-27) El bivac a pelo.
28-29) Después de amanecer y hacer el último rapel, los colegas salían corriendo por el glaciar hacia el desayuno.

Y dos espléndidos vídeos actuales de la escalada de este espolón. Una guapa pendiente…

Veo que ambas ascensiones están hechas en Junio. Y es que avanzada la temporada (julio-setiembre), con el cambio climático, sospecho que está ascensión ya no es totalmente de hielo y su dificultad es superior. Justito lo que nos pasó a nosotros.







jueves, agosto 08, 1985

Mont Blanc - 4.808 (o 4.810) m. Subida por el Dom de Goûter, bajada por Grands Mulets.


Fue en el verano del 1985 cuando hice mi primera ascensión en los Alpes. Había ya empezado a escalar y los que habían sido mis profes de escalada (Xavi Díez y Santi Rodriguez, con los cuales me ha unido una gran amistad hasta la fecha e incluso con Xavi seguimos escalando juntos) organizaban un stage en los Alpes, exactamente en Chamonix. Por lo tanto una gran ocasión para poder hacer el gran salto soñado a los Alpes.

Como muchos de los compañeros iban con sus familias, me acompañó la mía y Laura, que contaba tan sólo cuatro años, se lo pasó en grande yendo de camping por primera vez en su vida.

Nada más empezar las vacaciones de Agosto nos trasladamos a Chamonix, en un viaje que entonces costaba muchas más horas que ahora. Los comienzos no pudieron ser peores y un gran marrón se nos vino encima, durando tres o cuatro días. La bajada de temperatura fue impresionante y las nevadas llegaron hasta el bosque que teníamos enfrente, más o menos a la altura del primer tramo del teleférico de l’Aiguille du Midi.

Matamos el tiempo como podíamos. Si la roca se secaba nos íbamos a Les Gaillands, que es una pared cercana al pueblo que se utiliza como escuela de escalada, pero que ya entonces mostraba signos de estar super usada y estaba sobadísima. También nos fuimos al final del glaciar de Bossons a practicar lo que entonces eran nuevas técnicas de escalada en hielo (tracción con dos herramientas) y donde tuve el encuentro con una ventanilla de un avión, estrellado hacía años en la cumbre del Montblanc, el Malabar Princess.

El gran marrón dejó temperaturas de cinco bajo cero en la cumbre del Mont Blanc y una buena capa de nieve.

Cuando la meteo, que íbamos a leer cada día a La Maison de la Montaigne, nos anunció que tendríamos un excelente agujero de tiempo, decidimos acometer la ascensión al Mont Blanc y nos fuimos a mediodía hacia Les Houches, donde un teleférico lleva hasta el tren cremallera (Bellevue, 1.794 m.) que acaba en el Nid d'Aigle. Excelente este desplazamiento ya que empiezas la ascensión por una vertiente que no es la de Chamonix y las vistas son completamente diferentes.

Desde el tren cremallera (estación del Nido de Aguila - 2.380 m.) se trataba de llegar en la misma tarde al Refugio de l'Aiguille de Goûter a 3.817 m. (refugio guardado más alto de Francia). La avalancha de gente fue impresionante, ya que al estar tantos días impracticable la ascensión por el mal tiempo, y ser comienzos de Agosto, se acumularon como trescientas personas con el mismo objetivo. Obviamente no había sitio en el refugio y teníamos claro que dormiríamos en el suelo y cenaríamos de lo que dispusiesen nuestras mochilas.

Puede ser que la parte más complicada de esta ascensión sea la subida al Refugio. De hecho alcanzar el Dom de Goûter es ya una ascensión en sí, alcanzandose los 3.800 m., con casi 1.500 m. de desnivel de subida. La ascensión se hace en su trayecto final por un espolón rocoso que estaba en condiciones de mixto por las nevadas caídas. Nada fácil subirlo en ese estado, más aún cuando no vas aclimatado y la altura se deja notar.

Así, uno de los compañeros, Joan Gasull, con quien me veo de vez en cuando en Can Caralleu, empezó a manifestar mal de altura en el tramo final, sufriendo lo suyo para llegar.

Previamente a la ascensión al espolón que lleva hasta el mismo Goûter, hay (había) una travesía de un couloir que baja al lado del espolón. Vi que había un cable en toda su travesía y que no era posible utilizarlo ya que pasaba por encima de nuestras cabezas. Su uso estaba previsto para la primavera, donde el grosor de nieve es mayor y se transita a su altura. Se pretende con este cable asegurar a la gente en la travesía del corredor nevado y en caso de avalancha evitar ser arrastrado.

Recuerdo pasar el couloir pensando lo arriesgado que debía ser cruzarlo en primavera. Iba solo y me seguía un poco más lejos un sevillano. Y de repente, entre los dos (yo acababa de cruzar y él aún no lo había hecho), nos paso una enorme avalancha provocada por gente que con poco nivel para descender por la ruta habitual del espolón se había metido erróneamente en el culoir pensando que era más fácil. Como las nevadas de los días anteriores habían acumulado gran cantidad de nieve, no pensaron los incautos que podían provocar una avalancha. Un buen susto. Veo en fotos actuales que en Agosto tal couloir es una canal de piedra. Cosas del cambio climático…

Descubrí rápidamente que los peligros surgen donde menos lo esperas. Seguimos ruta arriba comentando el sobresalto con el sevillano, que se había quedado más blanco que la propia nieve. Ahora a este “Grand Couloir” ya lo han bautizado de diversas maneras: "bolera", "canal de la muerte" o "ruleta rusa".

Llegamos ya al Goûter muy avanzada la tarde y toda nuestra labor fue delimitar una zona en el suelo del comedor del Refugio de la cual nos apoderaríamos cuando acabasen de servir las cenas y así colocar nuestros aislantes para poner los sacos e intentar dormir un poco. En guardia para conseguir "cama" ya no salí del refugio y no hice fotos. Una pena.

Así que esperamos que acabaran de cenar y en cuanto se despejó el comedor atacamos todos en busca de parcela. Justito fue y alguno tuvo que dormir en zonas próximas a la puerta que, con las temperaturas que había, disfrutaron de una noche inolvidable.

A media noche Joan volvió a manifestar mal de altura y todo justo me escapé de sus repentinos vómitos. Mira por donde, con lo apretaditos que estábamos, se hizo milagrosamente espacio a su alrededor.

A las dos de la mañana nos levantamos (la movida fue total, y había que levantarse, quieras o no, so pena de ser pisoteado) y a las tres ya estábamos fuera dispuestos a pasar frío. Poniéndome los crampones vi brillar una bicicleta plegable atada a una mochila. Debe ser la altura y ya veo visiones, pensé. Pero no, estaba en lo cierto. Había gente que iba a subir al Mont Blanc llevando una bicicleta a modo de mochila.

Formábamos cuatro cordadas, ya que éramos diez personas. Yo iba con Santi y su mujer, Ana. Las cordadas de guías con clientes se identificaban rápidamente: un guía y una salchicha de personas detrás. Todo un riesgo.

Las imágenes que guardo ascendiendo en plena noche son inolvidables, con una interminable hilera de luces siguiendo un único camino en el hielo en plena oscuridad y con un cielo estrellado magnifico que nos anticipaba un día que fue muy frío pero excelente. No se podía pedir mejor escenario.

Con el ruidito monótono y continuo de los crampones, con su crac-crac en medio de un silencio profundo, fuimos ganando metros. No pasó mucho tiempo cuando vimos dos frontales que venían de vuelta. Eran Javier Aznar y Joan Gasull. Habían salido como cohetes y estando Joan con signos de mal de altura había sido un error salir dándole caña al cuerpo. La consecuencia fue la retirada y quedarse sin cumbre. De doce quedamos diez.

Recuerdo la salida del sol como el momento más inolvidable de la ascensión. De repente apareció el mundo bajo nuestros pies, ya que estábamos muy altos. Hice las primeras fotos, con aquella Nikon FA que llevaba (y que pesaba tanto) y que escondía dentro del anorak para evitar que se quedase congelada (ahora las digitales no tienen casi mecánica).

Fuimos haciendo alguna parada para picar y beber. Teníamos la intención de hacer la travesía, pasando en descenso por otro cuatro mil, el Pic Maudit, pero ya vimos que el horario no acompañaba y si bien hicimos la ascensión en travesía, la hicimos bajando por Grands Mulets. Dentro de todo tuvimos una visión doble del macizo. Como con este plan no íbamos a pasar por el Goûter llevábamos todo el equipo encima, que en aquellos tiempos pesaba todo mucho más que ahora. Saco, aislante, ropa de abrigo, comida, crampones, cuerda, piolet, arnés, Koflach en los pies (doble bota de plástico, algo totalmente novedoso entonces) etc. pesaban lo suyo y hacían la ascensión durilla.

Llegamos al Vallot (4.362 m.), que es un refugio de emergencia (una lata metálica cuadrada, aislada sobre el suelo para evitar las consecuencias de las descargas eléctricas que debe recibir a menudo) que se halla en la última roca que aflora antes de la cumbre. Este refugio ha salvado muchas vidas en caso de tormenta, que a estas alturas pueden ser temibles como dejó bien relatado
Roger Frison-Roche en su libro El primero de cuerda. Las tormentas de nieve en esta zona provocaban la desorientación y pérdida de las cordadas, con consecuencias nefastas al vagar sin rumbo por estas amplias zonas de las laderas del Montblanc. Y digo provocaban porque ahora con un sencillo GPS este riesgo ha desaparecido.

En el Vallot, Ana dijo que no podía más y que tenía los pies congelados y se quedó allí (quedamos nueve). Una razón que nos impedía ya hacer la travesía por el Maudit, aunque ya sospechábamos que el horario (las condiciones de la noche pasada, que no nos permitieron descansar se hacían bien patentes) no nos lo permitiría.

Pasamos la aérea cresta de las Bosses y la ascensión se fue haciendo sublime. La gente, después de tantas horas se había dispersado y la llegada a la cumbre fue, dentro de todo, bastante solitaria. Momento inolvidable (más o menos las diez horas) que siempre estará entre mis mejores recuerdos. Satisfacción en el grupo al conseguir el objetivo.

¡Que frío! Pero, ¡qué vista y que sentimientos! Mira por donde, mi primera visita a los Alpes y ya estaba pisando al primer intento su punto más alto.

Poca gente en la cumbre y entre los que llegaron estaban “los ciclistas”. Llegaron, desplegaron las bicis y se sacaron los anoraks. Se pusieron un smoking con pajarita incluida y se hicieron unas fotos: en la cumbre del Mont Blanc en bici y con smoking. ¡Lo que había que hacer cuando aún no existía el PhotoShop!

Y tocaba descender. Cramponear en descenso siempre es más complicado y la aérea cresta de Les Bosses (para mi una experiencia inédita) me los ponían de corbata. Pero para esto estaba tío Santi, especialista en darme confianza como pude comprobar muchas veces poco tiempo después, ya sea haciendo la Cresta del Diablo, el Malló Pisón o la Norte de la Chardonnet. Santi, (al igual que Xavi, que también formaba otra cordada), es de esas personas que saben sacar siempre lo mejor de la gente que está en el otro extremo de la cuerda.

Pasamos por el Refugio Vallot para recoger a Ana, que estaba muerta de frío, con los pies congelados, y cambiamos de vertiente descendiendo por Grands Mulets. Recorrido que fuimos advirtiendo como peligroso ya que la abundante nieve caída los días anteriores provocaba avalanchas innumerables. Descubrí ya entonces (¡1985!) que los Alpes eran otra cosa, cuando vi pasar el helicóptero de salvamento varias veces por la avalanchosa ruta de descenso para verificar que nadie necesitaba ayuda. Niveles de servicio. Aquí, después de tanto tiempo, aún estamos a años luz.

Lo peor, duro y arriesgado del descenso vino al llegar a La Jonction, que es donde se juntan los glaciares de Bossons y Taconnaz. Su choque produce una auténtico caos y locura de grietas. En posteriores visitas a los Alpes nunca he vuelto a saltar tantas (y amplias) grietas como en ese tramo. En algunas había hasta que tomar carrerilla para dar un enorme salto y como íbamos cargados y encordados la cosa tenía su gracia. Leo que hoy en día en verano ya nadie hace este trayecto, que se ha ido degrando aún más. Si entonces el número de grietas era infinito, ahora debe ser intransitable.

Llegamos a la estación intermedia del teleférico del Midi a media tarde. Allí estaban mis chicas, Angelines y Laura esperándome llenas de alegría al ver la cara de satisfacción que traía, la misma satisfacción patriótica que mostraron los muchos españoles que estaban en la cola del teleférico, al ver que unos compatriotas habíamos alcanzado la cumbre, casi como si viniéramos del Everest.

Siguieron unos días de plácido descanso en ese bello y emblemático pueblo de los Alpes Franceses, ya masificado entonces, al pie del Mont Blanc, que es Chamonix. Días después partimos para el Refugio Albert I para ascender a la Tour Noir por el couloir de la Y.

Ascensión efectuada el 7/8-Agosto-1985.

Fotos (click en la foto para verla a mayor tamaño).
Arriba. El grupo en la cima.
Abajo:
1) Practicando en el glaciar de Bossons a la espera del buen tiempo.
2 y 3) Esperando subir en el teleférico de Les Houches.
4) Caminando del teleférico al tren cremallera.
5) Esperando el tren.
6 y 7) El tren cremallera. Una reliquia que seguro que ya ha sido renovada.
8 y 9) Aproximándonos al espolón de subida.
10) Espolón y Goûter a la vista.
11) Aproximándome al couloir del susto. Detrás va el sevillano.
12) Refugio del Goûter. Espléndido suelo donde dormir.
13) Amanece cuando ya llevamos bastantes metros ascendidos. El sol sale por detrás del Mont Maudit.
14) El color rosa del amanecer pinta la cumbre del Mont Blanc. Podemos cerrar las frontales.
15) Llegamos al Vallot. En esta foto un edificio anexo, no utilizable.
16) El Vallot desde una cota superior.
17) Un descansito. Se nota la altura.
18) Tramo final.
19) Les Bosses. Se afila la arista y empiezan los cruces de las cordadas que suben y las que ya bajan.
20-24) ¡Cumbre!
25) Con Laura en el monumento a los primeros conquistadores del Mont Blanc.
26) Con Laura y su inseparable corderito en el monumento a Balmat en La Maison de la Montagne.



 
View blog top tags